sábado, diciembre 02, 2006

20''

Voces al oído, risas, besos, manos hundiéndose en recipientes de canchita como buscando una en especial, adelantos de películas buenas y malas, voces susurrándose unas a las otras, sombras inquietas que desaparecen por todos lados...
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Y luego... 20 segundos de silencio absoluto, 20 segundos de expectativa, 20 segundos de inmersión en un vacío absorbente y de deleite, que terminan en degrade con un sonido que se vuelve más alto conforme van pasando los segundos.
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Sólo ésto ya vale el costo de la entrada.

jueves, octubre 19, 2006

Tráfico

Aún faltaban dos cuadras para llegar a mi habitual paradero, pero ya se dejaba ver la cola infinita de autos, taxis y micros a lo largo y ancho de la Av. El Corregidor. Cinco minutos antes había estado haciendo la última zapeada a los noticieros y encontré en uno a Perú Inga, una mujer que postulaba para la alcaldía de la Molina y su punta de lanza era corregir el tráfico del Corregidor (vaya paradoja).
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Ella arguía que no sólo había que ensanchar las pistas, sino cumplir las promesas del "Túnel" hacia Surco. La verdad, no me convenció. Una propuesta tan manoseada y repetida por tantos años no ha dado frutos, más bien por la falta de coordinación interdistrital y por el exagerado crecimiento demográfico de La Molina, principalmente en la zona de las Viñas. Si por mi fuera prohibiría de inmediato la compra de más terrenos e invertiría el dinero gastado en dicho proceso en el mejoramiento de lo que ya existe.
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Es nostálgico pensar en esos años cuando no existía ni Monterrey, se podía pedir un aventón (por supuesto que te lo daban) y conocías a los pocos vecinos que en ese entonces había. Nostálgico e inútil. La Molina ya es un distrito urbanizado al 100% (y sigue creciendo) y hay que tratarlo como tal (lamentablemente). Ya no se pueden pedir aventones por lo peligroso (igual no te lo darían), ya cerró Monterrey y ahora hay un gigante llamado Molina Plaza y en la noche puedes pararte a la altura de la Av. Raúl Ferrero para ver como las lucecitas de los postes y casas se extienden más allá de lo uno podía imaginarse hace unos 10 años.
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Tal vez, lo escrito líneas arriba dé la impresión de que mi perspectiva sea de una persona que no conozca más allá de su burbuja, pero créanme, esa burbuja ahora es más grande que muchos otros distritos adyacentes.

lunes, setiembre 11, 2006

Manolo vs. Miguel

Caminando una noche de tantas por Miraflores, buscando como es costumbre un lugar para comer, llegamos a "Manolo"; así es, el local donde venden churros.
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Entramos, nos sentamos y esperamos a que el mozo se acercara. Hasta ese momento mi distracción sólo me llevaba a observar a un grupito de señoronas muy arregladas, con manos de nunca haber lavado ropa, ni arrugas de preocupación, sentadas al fondo del local. Pocos minutos más tarde, el mozo me saca abruptamente de mi concentración con una mala noticia: la carta.
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Yo había comido en "Manolo" en anteriores ocasiones con mi familia y nunca me percaté, hasta ese momento, que era un insulto a la pobreza. Pero, ya estaba ahí, sentado y leyendo la lista de precios, mientras que Jennifer- mi enamorada- hacía lo mismo. Como nuestra intención no era otra que comer algo, y no celebrar una ocasión especial, no llevábamos tanto dinero como en ese momento necesitábamos. Así que riéndonos llamamos al mozo. Ella se pidió un milkshake y yo una combinación perfilbajeada de churros y chocolate.
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La verdad, la combinación que yo pedí no era para nada lo que yo me esperaba según el precio y el lugar. Los churros no tenían relleno y el chocolate era practicamente un muss, que sólo lo podía llegar a terminar si fuera una suerte de winnie pooh contemporáneo.
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Más o menos al quinto churro, llegaron 2 parejas incautas de jóvenes con pinta de universitarios. Al parecer habían llegado a ese lugar por el mismo motivo que nosotros: por pura mala suerte. Las chicas estaban despreocupadas, mientras los chicos se miraban sorprendidos y desesperados. Aún después de 5 eternos minutos no lograban entender qué diablos hacían ahí. Por un momento pensé que serían un tanto más valientes que nosotros, pues comenzaron a darse ánimo a si mismos para pararse y salir con la frente en alto sin importar el qué dirán. Sin embargo, el valor no les fue suficiente.
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Mientras ellos exigían sus mentes al máximo para hacer el pedido más efectivo si tanto efectivo, yo seguía luchando contra mi taza de muss, jennifer seguía tomando su milkshake de fresa a cuentagotas y las señoronas hablando huevadas.

Dos horas más tarde nos podían encontrar en "Miguel" comiendo un gigantezco plato de salchipapas superespecial.

sábado, julio 29, 2006

Feliz 28

La primera muestra involuntaria del carácter del abuelo fue su llegada a las ocho en punto de la mañana al lugar donde previamente habíamos acordado encontrarnos. Yo había llegado cinco minutos antes por temor a llegar tarde; pero, "a las 8 en punto era la cita, ni antes ni después, esa es la cosa", señaló.

Éramos tres: "El Comandante", mi abuelo y yo, en un auto con lunas polarizadas; dirigiéndonos a un evento, que para mí era más como una aventura. Llegamos rápidamente al Centro de Lima con el "Comandante" al volante.

Al estar muy cerca de nuestro destino, se nos presentó la primera prueba de la mañana: un cordón policial lleno de motocicletas y mujeres policías al teléfono. Nos detuvieron por un segundo, tiempo suficiente para que me resignase a dar media vuelta y regresar, pero una mirada cargada de poderes hipnóticos del abuelo a la policía que osó interponerse, logró que pasaramos sin problemas. Dos minutos más tarde apareció derrepente una nueva prueba: un redoblado cordón policial, con acceso aún más restringido, el doble de motocicletas y camionetas resguardadas por policías con caras de ningún amigo. Esta vez, la hipnosis no sirvió. Las dudas no tardaron en asomarse y la expectativa desbordaba. De pronto, mi abuelo sacó un as bajo la manga, o mejor dicho, un carné de la billetera. Después de leerlo, "Buenos días señor, pase por favor", dijo el policía esbozando una sonrisa ligera, mientras yo esbozaba la mía desde el asiento trasero del auto.

Nos estacionamos y decidimos esperar, era aún muy temprano para ir caminando por ahí como un "pelotudo" (una de las palabras favoritas del abuelo). La ceremonia comenzaba a las nueve y media de la mañana. Yo seguía a la expectativa, no tenía ni idea de cómo iba a lograr entrar, no tenía invitación, no tenía cara conocida y mucho menos poder en ese lugar. Sabía que si algo fallaba lo único que tendría que hacer era salir caminando con la frente en alto, tomar un taxi, volver a mi casa y seguir durmiendo.
No tardó mucho para que un policía se acercara a pedir que estacionaramos el auto en otro lado porque era un área restringida. Esta vez, le tocaba al "Comandante". "Vaya a hacer su trabajo, usted sabe coómo es su gente" arguyó mi abuelo. Nosotros nos quedamos dentro del auto esperando nuevas noticias.

A los pocos minutos, veía a media distancia a nuestro "Comandante" haciendo migas con distintas personalidades, conversando, riendo, saludando de mano a cuanta autoridad policiaca se acercaba. Al parecer, el único sin poderes era yo. Luego, regresó "El Comandante" con actitud airosa y nos dijo que no había problema, que podíamos pasar.

Era el momento de la verdad, salimos del auto, le alcancé el saco al abuelo y nos dirigimos a la entrada final del Congreso. Al principio todo parecía estar bajo control, hasta que me separé sólo dos pasos del abuelo y fue cuando alguien preguntó por mi invitación. "Bueno, hasta aqui llegué", pensé. Mi abuelo ya estaba a una distancia en la que era inadecuado gritar para pasarle la voz. Milagrosamente, volteó para decirme algo y al ver que no estaba a su lado, regresó en un santiamén agitando una invitación en su mano diciendo que era la mía, cuando los dos bien sabíamos que era la de él, aunque él no la haya necesitado ni por un segundo (hasta ese momento).

Entramos.

Ni bien comencé a subir los escalones el abuelo me dijo que debíamos tener cuidado, porque aunque uno no se diera cuenta, las cámaras te estaban mirando y sería muy deshonroso si nos ven por televisión hurgándonos la nariz. Un minuto más tarde, mi padre llama con voz inflada de orgullo para decirme que acababa de vernos subiendo las escaleras por televisión.

Mientras buscábamos una buena ubicación, pasamos por donde estaba colgada una pintura de mi abuelo con una banda blanca y roja. Nos deteníamos en todo momento para saludar o ser saludados, aunque, hablar en plural en esta ocasión me convierte en un mentiroso. Una mujer muy agradable a la que ya había saludado mi abuelo minutos antes, regresó para tomarlo de la mano y llevarlo, conmigo de cola, a nuestras ubicaciones. Poco más tarde, supe que esa amable mujer era una recién electa congresista. Pues bien, nos ubicamos en lugares con una vista envidiable, y apenas lo hicimos, no se hicieron esperar las pasadas de voz: "¡Lucho!", "¡Compañero Lucho!", los saludos, las palmaditas en la espalda, las sonrisas, las felicitaciones y las señas de éxito. Hice mi parte tímidamente, conociendo a algunos personajes que se sentaron a mi lado, haciendo comentarios, preguntas y más que todo, asintiendo a la mayoría de cosas que me decían. Escuchamos los discursos, nos burlamos de uno, aplaudimos el otro y se acabó.

Antes de salir, mientras decidiamos si ibamos a Palacio, brindamos con ponche y biscotelas, conocí a Luciana León y seguí brindando con una copa más.


Al final, optamos por irnos a casa, mi abuelo me había dado la oportunidad de elegir a mí si seguíamos con la visita a Palacio o nos ibamos, aunque él prefería irse ya que no le agradan mucho esos momentos donde las relaciones públicas son el principal objetivo.

La verdad la pasé bien en todo momento, y no por la ceremonia, sino porque fue bueno compartir con una gran persona, desde las ocho en punto de la mañana hasta el final del día. En pocas palabras, me sentí orgulloso de ser nieto.

Pd:
Abuelo: Luis Alvarado Contreras. Ex Presidente de la Cámara de Diputados y del Congreso. Fue deshabilitado en el Golpe de Estado de Fujimori el 05 de Abril de 1992. Aprista. Automovilista. Abogado. Y, sobre todo, abuelo.

jueves, julio 13, 2006

Reniec. De trámites y horarios

- No señor, no puede pasar, ya cerramos.
- Señor, pero si sólo he salido por un minuto. Mire aqui está mi ticket.

Esa mañana llegué con bastante tiempo de anticipación (11:30 am), tomando en cuenta que el horario de atención de la Reniec averiguado por teléfono, por internet y en el letrero colocado en la fachada del local decían horario de atención hasta la 1pm, y que además sabía que todo eso era mentira; pues el fin de semana pasado había ido y ya estaba cerrado a las 12:45pm.

En fin... era casi mediodía y estaba tranquilo esperando mi turno (sólo faltaban unas 15 personas). Me senté al lado de una niñita que no dejaba de mirarme, pensé que lo hacía para jugar, pero luego me di cuenta que había usurpado el sitio de su papá y que su mirada no significaba más que rechazo.

Esperé unos minutos tratando de ganar el duelo de miradas hasta que me rendí, el amor por su padre pudo más que el capricho por mi sitio. Decidí salir a saborear mi derrota, cotejé mi ticket con la TV previamente, y había tiempo. Afuera en la calle, un chico estaba a punto de zamparle un puñete a uno de esos tipos que se paran en la puerta a ofrecerte tomarte fotos para tus trámites. En medio de mi concetración por averiguar cuál era el motivo de la pelea, escuché un ruido de llaves detrás de mi y me di media vuelta. No podía creer lo que estaba pasando.
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El mismo tipo que me dijo que había llegado tarde (12:45pm) el fin de semana pasado, me estaba cerrando la puerta de nuevo. Pero, esta vez yo tenía un as bajo la manga: mi ticket. "Señor, no cierre, espere a que pase", le dije confiado mostrándole mi ticket. Un rotundo NO es lo que obtuve como respuesta. "¡¿Qué?!" Señor, pero si estoy acá, míreme. He salido un minuto nada más, acá está mi ticket, ¿cómo va a cerrarme?". "No señor, ya le dije que cerramos y apretó el candado con fuerza como diciendo "No jodas", y se fue caminando hacia dentro mientras me dejaba hablando sólo con el vigilante, un reverendo imbécil. "Espera, voy a hablar con él", me dijo este último haciéndome una seña de confianza". Obviamente, nunca volvió.
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Me quedé allí, esperando ingenuamente, mientras me veía reflejado en la puerta de espejos que me separaba de los afortunados que se quedaron adentro.
Hasta ahora sigo indocumentado.

South Park

- Stan: ¡Devuélvanos nuestro dinero, esta película es una mierda!
- Boletero: ¡¿Cómo?! Pero si nos demuestra todo el sufrimiento que pasó Jesús para salvarnos de nuestros pecados.
- Stan: Eso lo enseñan en misa, el cine es para diversión y no me divertí, así que déme mi dinero. ¡Esta película es una mierda!
- Kenny: /%$=/&

martes, mayo 23, 2006

Tiempo

Presione 1 para escuchar sus mensajes de voz. Usted tiene 1 mensaje. - (2:37 a.m.) Renzo ¿dónde estás? Ya es tarde. Son las dos y media - (3:25 a.m.) Hijo, son las tres y media de la mañana, ¿a qué hora regresas? Son las 9:30 a.m. de un domingo cualquiera. Hago un gran esfuerzo por alcanzar el televisor para prenderlo (la tele de mi cuarto es de esas antiguas que no tienen control remoto). Enredado entre las sábanas y el cubrecama, comienzo a recuperarme de las heridas de las horas pasadas.

Como temía, mi viejo se acerca a mi cuarto y me dice: "hijo, ¿como estás? ¿a qué hora llegaste?" (sabiendo muy bien la hora en que llegué). "A las dos y media, papá" (sabiendo muy bien que no me va a creer).

Mientras nos miramos mutuamente pensando en todo lo que nos gustaría decirnos el uno al otro, pasan unos cuantos segundos y finalmente se rompe el silencio con un "aprovecha que tienes todo el día, ahi tienes la computadora. Avanza la tesis hijo, avanza."

La tele sigue prendida y yo me quedo echado un rato más, tratando de demostrar inútilmente que no me voy a levantar por obligación, sino por mi propia voluntad. Pasan unos minutos y la tele sigue prendida. De pronto, el hambre. Gracias a ella logro salir por fin de la enredadera de sábanas y voy a la cocina en búsqueda de cualquier cosa digerible, siempre con cautela para no cruzarme con nadie que me mire a los ojos; aunque creo que el único que piensa que actúo mal soy yo mismo...No, me equivoco, mi mamá piensa exactamente lo mismo que yo.

El tiempo pasa. Los domingos se repiten. Cada vez que los miro detenidamente me doy cuenta que son más viejos. Las canas luchan con más fuerza para no desaparecer. Las arrugas, la piel, la postura de los cuerpos al sentarse, toda señal de que el tiempo pasa se posa sobre ellos. Lo peor, es que siguen trabajando para alguien más, siguen preocupándose por alguien más, siguen viviendo por alguien más.
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Es mi culpa.

martes, mayo 02, 2006

Paradero

- ¿Dónde bajas chino?
- Paradero bajan.
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Lo primero que hice fue dar un par de pasos al costado una vez que me encontraba pisando tierra firme. Estando fuera del alcance de alguna potencial piedra o de un irracional insulto seguí caminando un poco más tranquilo. La "loca" parecía inofensiva en ese momento, al menos con la gente real; ella parecía estar absorbida en una discusión sobre algún asunto importantísimo con alguien que derepente existió alguna vez.
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Llegué a un determinado punto en el que podía ver a la "loca" de un lado y, al otro, un par de chicos bien vestidos riendo y conversando orondos sentados en un paradero, que justamente le daba la espalda a la primera. Era una imagen impactante, perfectamente compuesta, dividida exactamente por la mitad: la indiferencia expresada en su máxima expresión; dos situaciones tan distintas, pero que ocurrían al mismo tiempo y en el mismo lugar, cada una dándole la espalda a la otra.
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Pensé por unos cuantos segundos en lo que significaba esta instantánea. Luego en lo único que pensaba era sobre la mala suerte que tenía por no tener una cámara a la mano y poder hacer uso de ella.

lunes, mayo 01, 2006

Mea Culpa

- ¿Qué pasa? ¿Por qué no avanza?
- No sé, creo que lo ha parado un policía.

Como es costumbre, el chofer había bajado del vehículo para "solucionar" el problema. Sin embargo los minutos pasaban y los pasajeros se impacientaban. Ya no se hacían esperar las quejas, los golpes de los anillos en las ventanas, las miradas repetidas y ansiosas en los relojes de mano.
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Notando que la discusión estaba al alcance de sus reclamos, los pasajeros aprovecharon para recriminarle al policía por esta pérdida de tiempo (o sea por hacer cumplir la ley). "Perdónelo" decían. "No lo volverá a hacer" afirmaban. "No sea malito, pes jefe" rogaban. Una universitaria era la abanderada de esta manifestación. Un hombre grueso, de cuerpo y de voz, la secundaba temerariamente. Los demás eran el coro perfecto, excepto por la libidinosa pareja que no dejaba de sobarse en la parte de atrás.

El policía harto de estos irritantes gritos se defendió con este argumento: "Si lo dejo pasar, después dicen: policía coimero, que no servimos para nada y no se qué tanta cosa", "¿qué quieren de nosotros?" reclamaba. "Es más, deberían felicitarme" dijo sin mucha seguridad. Como era de esperarse, la gente no entendió razones y luego de reirse un rato, continuaron con los gritos. Confieso que también rei y que en este tipo de situaciones también he sido a veces uno de los protagonistas. Sin embargo, esta vez me bajé y sí, lo felicité... Claro, mi paradero estaba a pocos metros de donde nos encontrábamos
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